La Nave Astral
Te has levantado temprano, antes de que salga el sol. Has salido al balcón de tu azotea, ves las nubes, claras al oriente. Ahí frente a tí aparece el fenómeno. Es un eclipse. Ves el gran círculo blanco y amarillo, pálido; ves cómo recorre distintas posiciones en su rotación. Es un espectáculo maravilloso.
Detrás, en el fondo, están los planetas y estrellas. Pero uno de ellos no es realmente un astro, tú lo ves claramente: es una nave espacial. Está bien camuflajeado en el cielo nocturno, parece un cúmulo de estrellas. Pero observas que éstas se mueven especialmente al mismo tiempo, coordinadamente. Es la nave de un extraterrestre.
El habitante de la nave se ha percatado de tu mirada, sabe que le estás mirando. Entonces se mueve hacia el norte, rodea el firmamento, se detiene en el norte y, desde ahí, comienza a descender. Viene directamente hacia tí. Lo extraño es que, al bajar, la nave astral no cambia de tamaño. El cúmulo, que se mueve como una sola estrella, permanece con la misma forma esférica, del mismo tamaño.
Finalmente vuela sobre tí, dirige su luz exploradora hacia tí, lo sientes en la coronilla. Emite uun zumbido muy especial, pasa y sigue volando hacia el sur. O al menos eso es lo que él quería que tu creyeras, porque te das cuenta de que se ha detenido muy cerca, y se esconde en una chaya. Desde la planta te mira, te observa. Pero tú has caído en la cuenta, de que no se ha ido, de que está ahó cerquita. Y vas hacia él, tú también quieres escudriñarlo.
Entonces, tu voz, tus ojos, tu mente, toda tu cabeza está dentro de la planta, y la miras por dentro. La miras con tus ojos microscopio. Es hermosa, la vida de la panta. Es hermoso mirar de tan cerca todos sus tejidos, la savia, la vida vegetal. Y el espacio entre las estrellas.
Regresas a tu balcón, observas con estos nuevos ojos ... unos parpadeos, adiós, adiós.